El prólogo de Cuentos Analgésicos

  • 26 febrero, 2019

Reedición de Cuentos Analgésicos

Escribí Cuentos Analgésicos: Herramientas para una saludable percepción de dolor hace 7 años. Un libro que habla de la educación, el movimiento, la relajación, la distracción y la imaginación. Y una serie de cuentos como propuestas con efecto analgésico destinado a los más pequeños.

Revisé, modifiqué, amplié, reescribí y reedité recientemente la obra. Con un aspecto renovado además, gracias a la brillante participación de Tamara, diseñadora y maquetadora, y zérapi, editores.

Quería compartir una parte especial de la obra, el prólogo. Una presentación de la obra y sus motivos de la mano de Arturo Goicoechea, referente en todo este mundo del tratamiento del dolor con respeto a la ciencia y la lógica, y no a otros dictámenes menos terapéuticamente prolíferos. Un regalo de un amigo.


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Prólogo de Cuentos Analgésicos

El formidable avance de las Neurociencias ha cambiado radicalmente el conocimiento de la actividad de la red neuronal. Científicos de diversas disciplinas: matemáticos, físicos, químicos, ingenieros, biólogos, psicólogos, lingüistas, neurólogos, psiquiatras… han dedicado sus esfuerzos a la comprensión de los procesos básicos del Sistema Nervioso en los seres vivos. Comprendemos ahora mejor el funcionamiento del robot animal: cómo percibe, siente, decide, se mueve y se organiza en sociedad para conseguir el objetivo de la supervivencia. Comprendemos ahora mejor el origen del dolor. Sabemos que surge del cerebro y que cuando lo hace es para expresar una valoración de amenaza a la integridad física allí donde lo sentimos.

Toda percepción expresa una decisión, un output, un mensaje del organismo, a través del cerebro, hacia la consciencia del individuo. La percepción de dolor en un lugar, momento y circunstancia indica que el organismo trata de informar sobre una amenaza actual o potencial en esa zona y a la vez incitar a una conducta defensiva. La amenaza puede ser real, haber producido ya un impacto de muerte celular violenta (necrosis), estar a punto de hacerlo, o, simplemente, limitarse a valorar una posibilidad teórica, incierta, de daño futuro.

El dolor, entendido como una decisión cerebral de promover la alerta, puede estar justificado o no. Hay dolores racionales, proporcionados al daño que los desencadena. Nos obligan a dar prioridad inexcusable a la protección y reparación de una zona dañada por un hecho violento (herida, quemadura, infección o falta de oxígeno). Pero también hay dolores innecesarios, improductivos, injustificados, desorbitantes, absurdos, verdaderos despropósitos cerebrales. Un organismo razonablemente sano puede estar gestionado (protegido, vigilado, alertado) por un cerebro catastrofista que ve amenaza de forma hipersensible en todo momento, lugar y circunstancia, en cualquier propósito del individuo. Ello convierte la vida en un infierno, en un padecimiento sin esperanza.

Un cerebro que gestiona erróneamente la seguridad física del organismo es un cerebro patológico. Sus circuitos contienen programas defensivos que se activan de forma anormal, hipersensible. No hay enfermedad en el sentido que atribuimos clásicamente a este término. Los exámenes complementarios (análisis, neuroimagen) serán normales. Simplemente el cerebro contiene en su conectividad errores, evaluaciones patológicas de peligrosidad. Se trata de un desvarío hipocondríaco neuronal. No es el individuo el responsable sino su cerebro. La misma situación puede producirse en el otro sistema defensivo somático: el Sistema Inmune. Puede generar errores en la toma de decisión, de cuándo y dónde hay peligro y activar la inflamación (alergia) o la muerte celular programada (apoptosis) injustificadamente, comprometiendo el bienestar y la integridad física por un desvarío hipocondríaco de ver peligro allí donde no existe.

Hay mucho dolor injustificado, erróneo, ya desde edades tempranas. El cerebro humano decide, en muchos casos, de forma hipersensible. Puede que genéticamente no sea el adecuado para el entorno actual, civilizado, garantista, protegido. Puede que el estilo de vida moderno no sea saludable. Puede que gestionemos mal las emociones y estas se expresen por la vía anómala del dolor. Puede que la condición bípeda nos pase factura de carga mecánica. Pero puede que, también, el proceso de aprendizaje cerebral no sea adecuado. Puede que estemos malcriando cerebros. Puede que los hagamos hipersensibles.

El aprendizaje humano está fuertemente condicionado por la imitación y la instrucción experta. Padres y cuidadores ofrecen el ejemplo y la instrucción. El cerebro defensivo observa, copia, imita, escucha. Aprende a decidir en la escuela de nocividad. Sin embargo los tutores no valoran debidamente los peligros de la escolarización y pueden convertirla en un período de amedrentamiento cerebral respecto a la vulnerabilidad y el riesgo a la vez que reconfortan con la promesa de soluciones terapéuticas para todo.

La Patología de la toma de decisión cerebral es un apartado emergente, novedoso. No hay mucho escrito sobre dolor como patología cerebral evaluativa y, lo que es más preocupante, no parece que exista conciencia de que estamos ante una cuestión crucial. Los neurocientíficos siguen aportando conocimiento pero ese conocimiento no acaba de interesar a los profesionales sanitarios. Afortunadamente hay una excepción notable: desde la Fisioterapia han surgido grupos, aún minoritarios, comprometidos en la renovación de las ideas sobre dolor. El modelo del dolor músculoesquelético sitúa su origen en la estructura, en músculos contraídos, huesos deformados o mal alineados, en articulaciones degeneradas, en nervios pinzados o en puntos miofasciales estresados mecánicamente. La nueva Fisioterapia incorpora a la estructura la neuroprogramación, el trabajo evaluativo cerebral sobre dicha estructura y la toma de decisión sobre los programas motores (estáticos y dinámicos) más adecuados para atender los propósitos del individuo desde la perspectiva cerebral del riesgo que conllevan para los tejidos.

Carlos López Cubas pertenece a esa generación esperanzadora de la nueva Fisioterapia. La propuesta de su libro es vanguardista, moderna, ajustada con rigor a la Neurociencia. Su conocimiento y experiencia en la patología de la estructura se complementa con una concepción profunda del papel del cerebro en la génesis de la percepción dolorosa. Es un acierto por su parte el situar la pedagogía neuronal en el período más sensible y trascendente: la infancia. Los cuentos analgésicos son metáforas que proporcionan una herramienta útil para normalizar el relato de los padres ante incidencias de daño y dolor. Es fundamental la escolarización normalizada sobre dolor. Padres, profesionales y pacientes deberían alfabetizarse en las cuestiones básicas de la Biología de la percepción dolorosa. Hay errores sustanciales, tópicos, falacias. Hay mucha cultura y mercado junto a la Ciencia. Es hora de que se construya un modelo de organismo que contemple la gestión cerebral de su seguridad.

El libro de Carlos es oportuno, necesario. Contiene mucha información, buena información. Quizás a algunos, por pereza intelectual, les resulte demasiado complicado pero los mensajes son sencillos, comprensibles. No es difícil entender lo que se propone. Basta con la voluntad de ampliar el conocimiento. La necesidad de aliviar el dolor de forma inmediata y fácil no debe impedir el trabajo necesario de entenderlo previamente. Este libro ofrece una buena oportunidad.

No la desaproveche.  

Arturo Goicoechea, autor del prólogo

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