Vista y dolor

  • 10 noviembre, 2015
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Hará un par de años, un paciente que había sufrido una lesión en el ojo que requirió un parche para su oclusión durante 3 semanas, me presentó un caso clínico curioso.

Pese a la lesión del ojo, el hombre había continuado jugando al frontenis, deporte que practicaba cuatro veces a la semana de forma habitual. El primer día que entrenó con el parche ya notó algo raro en el hombro, que cogió forma de molestia al segundo entrenamiento, y que ya en el tercero no le dejo jugar más de 5 minutos.

El paciente me relató todo esto con extrañeza porque llevaba más de 25 años jugando al frontenis sin haber notado ninguna molestia en el hombro. La anamnesis del paciente no nos aportaba mucha más información relevante, y el examen físico apuntaba a una disfunción de control motor del hombro asociada a una exquisita mecanosensibilidad en varios gestos, todos relacionados con el golpeo con la raqueta.

Mediante el tratamiento basado en terapia manual, y principalmente ejercicio terapéutico, asociado con reposo deportivo, el paciente mejoró, aunque menos de lo esperado.

Cuando más mejoría notó fue cuando le quitaron el parche y, como buen deportista desobediente, empezó a jugar sus tres horas seguidas sin ni siquiera consultarme.

En ese momento, y habituado a la rebeldía en el comportamiento clínico de los hombros, lo único que puede concluir es que de alguna forma la retirada de la oclusión ocular se relacionaba con tal espectacular mejoría.

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Hace 6 meses, leyendo la quinta edición del libro de Robert Donatelli, uno de los grandes en hombro, encontré un capítulo que hacía una referencia interesante al dolor del hombro y el estrabismo. Al parecer, la pérdida de percepción de la profundidad relacionada con el estrabismo y otras lesiones oculares que afectan a la tridimensionalidad de la percepción visual, condiciona un notable sobresfuerzo adaptativo en los mecanismos de control de la articulación del hombro durante los lanzamientos.

Ahora que lo pienso, algo así podría relacionarse con mi paciente del frontenis de hace 2 años, pero ni se me hubiese ocurrido tal relación.

El caso es que, hace un par de semanas, una paciente me refirió un dolor de cabeza que asociaba a la zona suboccipital, una relación que podíamos establecer en la exploración física. Y dentro de la historia de la paciente, encontrábamos un inicio de uso de unas gafas con lentes bifocales, a las que al parecer nuestra paciente no tenía mucha fe ni esperanza de adaptarse.

Solo había que observar las contorsiones que realizaba para posicionar la lente en la zona adecuada para lograr enfocar de cerca, de lejos, y en último caso esquivar las gafas para evitar que un cristal estorbara su ya maltrecha visión.

La semana que viene tengo que volver a ver a esta paciente, pero no me extrañaría que, tras volver a usar sus dos pares de gafas anteriores, le haya disminuido notablemente su dolor cervical y de cabeza.

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