Dichoso solomillo

  • 29 octubre, 2012

El fisioterapeuta Mengano desvió los ojos de la suculenta cena que emplatada le aguardaba, e intentó recordar aquellos caminos recorridos con su amigo el psoas.

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Entre penumbras visualizó aquellos años en la universidad, en los que el psoas ilíaco se presentaba como un generoso músculo que, con atrevimiento y desparpajo, descendía desde el lateral de la columna, sumándose a un vientre muscular que forraba el interior de la pala ilíaca, y pasando por la ingle, hasta una eminencia bajo el cuello del fémur. Con ingenuidad admiraba la oportunidad de tal pequeño trocánter, y la casualidad de la inserción,… sería poco después cuando sería consciente, no sin cierto sentimiento de vergënza, de que esas protuberancias óseas cercanas a las entesis seguían otra razón de ser, lejana al libre albedrío.

Los textos del momento alababan la potencia del músculo psoas, y sus múltiples cualidades biomecánicas sobre la cadera, pelvis y columna; un potente flexor, aductor y rotador hacia no se donde de cadera, y extensor y “lordosador” de la columna lumbar, y cuando el pie quedaba apoyado en el suelo, flexionaba lateralmente la columna,… en fin una riqueza sin igual de funciones.

Al entrar en juego el ejercicio terapéutico, el gran psoas se presentaba como archienemigo de los abdominales, un brutal antagonista de la flexión lumbar, de la retroversión, y de todo lo bueno que estos abdominales, mártires anatomo-cinesiológicos del momento, pretendían desde la bondad hacer sobre el área lumbo-pélvica.

El psoas era una estructura con tendencia al acortamiento, siempre tenso, y algún que otro autor (Janda, creía recordar) asociaba cierta cruzada malévola con los erectores espinales que reforzarían la nocividad del efecto anteversor.

Mengano recordaba como sus profesores, tras tal demoledor escenario, y lejos de mostrarse resignados, pasaban a presentar las artes con las que, como fisioterapeutas, contábamos para amansar tal fiereza, con la voluntad de alongar y relajar al psoas y dejar que la retroversión siguiese su camino con facilidad y protegiese de toda inclemencia a la zona lumbar.

Mengano estiró y estiró,… y siguió estirando los psoas de sus primeros pacientes.

Como poco más había para elegir en aquellos momentos, algo atrajo a Mengano hacia la osteopatía, donde el psoas seguía siendo una pieza clave a encontrar y  resolver en el puzzle de los pacientes. Técnicas diagnósticas nuevas fueron rellenando su bagaje, y cómo no, nuevas opciones para arreglar este despropósito de desequilibrio. Junto a algunas imaginativas atribuciones al psoas, en las que la osteopatía parecía disfrutar regodeándose, aprovechando la indulgencia del empirismo, tales como vincularlo en múltiples y variadas cadenas, las vísceras que nos permiten orinar y alguna que otra sandez en la que muy posiblemente aparecía el cráneo, Mengano mejoró sus habilidades palpatorias y, aprendiendo a identificar tal magra estructura a través de las tripas de los pacientes, se felicitó masajeando y bombeando lo que debía ser aquella irreverente masa muscular.

Algunas corrientes que a Mengano le parecieron un tanto hippies, pero que muchos compañeros defendían a capa y espada, también asumían al psoas como líder integrante de sus cadenas posturales, fasciales y,… en fin, en sus cadenas. De nuevo el objetivo perseguido se acercaba a refrenar las funciones maléficas del posas.

Unas amigas de Mengano, que venían de alguna de las múltiples formaciones en deporte (¡cómo discutían entre ellas por repartirse las competencias! recordaba Mengano), acordaban hablar del core (además así, como suena, ko-re, como si la palabra viniese de Salamanca), y también atendían al psoas para, con esmero, dejarlo en posición de desventaja mecánica a la hora de trabajar la tableta de chocolate abdominal que tanto gustaban perseguir en sus alumnos-ususarios.

¡Todos contra el psoas, toooodos contra el psoas, tú lo puedes eeeevitaaaaar!,… en fin, Mengano se despistó unos instantes, esas musiquillas que nos inoportunan a mitad de los mejores razonamientos.

Pero los años pasaron, y de repente, y sin tiempo para amortiguar el desconcierto, Mengano halló, de alguna manera, cierta extraña información. Voces con peso en el trasfondo científico, que iba poco a poco calando en esa su profesión, insinuaban, y poco después afirmaban con rotundidad, que la tendencia patológica del psoas era más bien, y dada su principal función de estabilizador, a la inhibición, a la atrofia.

La incredulidad y el pasmo se apropió de su raciocinio, incapaz de asumir como un fiero mastodonte pasaba a ser un asustadizo caniche,… incluso temerosa indefensión al pensar en las implicaciones de haber tratado al caniche como un mastodonte.

Un tal Gibbons y otra tal Hides, afirmaban que el psoas no llevaba la columna lumbar ni adelante ni atrás, ni siquiera lordosaba, su función en la columna era la de coaptar y estabilizar. Los manuales de anatomía clínica respaldaban esta idea; Bogduk también sorprendía con novedades en relación con la acción del ambiguo músculo sobre la cadera, defendiendo la función motora flexora de la porción ilíaca hasta los 45º, pero no la del psoas mayor, que permanecía como estabilizador hasta esos 45º, a partir de los cuales sí contribuía a la flexión de cadera.

Los ejercicios retroversores para los abdominales, (a los que así como el que no quiere la cosa, y aunque no venga a cuento, se le intentaba acoplar una tendencia hipopresiva que aseguraba maravillas haciendo algo así como meter la tripa), esos ejercicios encabezonados en llevar atrás la báscula pélvica, que de forma tan osada todos, de forma más o menos sofisticada, insistían en repetir, aparecían ahora como una opción de ejercicios de alta carga, frente a los más refinados y analíticos de reclutamiento de estabilizadores dentro de complicados programas de control motor.

En fin, demasiados cambios, cambios incómodos de integrar, que hacían que Mengano se viese obligado a plantearse la necesidad de ceñirse a una muy buena valoración, de la fuerza, longitud, control motor, en fin de todo lo que pudiese y conociese, para decidir qué hacer con tan caprichosa estructura.

Con lo fácil que podía haber sido de haber seguido todo como antes,… en fin,…

Mengano resolvió su divagación con una sacudida de los belfos, cogió su tenedor y cuchillo, cortó un buen trozo de ese solomillo que amenazaba con quedarse frío, y mientras lo degustaba decidió olvidarse del dichoso psoas.

7 comments on “Dichoso solomillo

  1. Álvaro dice:

    Muy buena retórica Carlos!!! Muy gracioso lo del craneo y lo de las cadenas!! jejeje!! Con que habilidad resumes estos últimos diez años pero que tortuoso ha sido el sendero ¿verdad? Mucho ha cambiado desde entonces y por suerte para muchos de nosotros ahora podemos despejar el camino juntos sin tener que sentir la desesperación de nadar en un mar de dudas!! Un saludo y gracias por, una vez más, compartir pensamientos, reflexiones y sabiduría con tus compañeros!!

    1. Carlos López Cubas dice:

      Y lo que, no lo dudemos, nos queda por recorrer y ver cambiar, me temo!

  2. Este post ha sido un “Zas! en toda la boca!” a mucha bibliografía y a muchas personas que como tú bien dices defienden la importancia del psoas en la clínica del paciente. Pero la cosa es que al tratarlo(vease inhibirlo con Jones, bombearlo, estirarlo, hacerle ejercicios postisométricos, etc etc) en lumbalgias por ejemplo, la persona mejora, con menos dolor, con más capacidad de movimiento y dejando a un lado una postura antálgica. Imagino que ese será otro tema, pero me ha parecido muy interesante todo lo que has escrito, y me va a costar integrarlo si de verdad es así, pero tiene toda la pinta de que los tiros van por donde parece. Gracias y saludos!

    1. Carlos López Cubas dice:

      Supongo que Mengano también arregló muchos pacientes con dolor lumbar y trató psoas para relajarlos,… pero la idea que le queda ahora (me da a mi la impresión) es que antes de ello, deberá revisar la conveniencia de hacerlo, o la necesidad de obrar de otra manera.
      A mi, por mi parte (ejem), me pasa como a ti, que ha costado de integrar el tema,… ¿otra verdad incómoda?

  3. Me queda un buen sabor de boca, me encanta el solomillo, … pero más bien tónico!!! i con un poco de gin

    1. Carlos López Cubas dice:

      Yo aún no sé si tónico (ergo correoso), o más jugoso y tierno,…

  4. iMAM dice:

    Buenas… Lo primero decir que en Asturias sabemos un rato de carnes y solomillos ;-))

    Lo segundo: ¿Y si tanto bombeo/estiramiento/técnicas sobre el psoas, en vez de aliviar su espasmo lo que hacían era estimularlo, activarlo, aumentar su metabolismo…?

    ¿Las técnicas sólo inhiben o sólo estimulan? ¿Sólo relajan o sólo activan?
    ¿No depende de las condiciones en las que está el músculo afectado? ¿Una misma técnica puede inhibir un músculo cuando está en unas condiciones y activar el mismo músculo cuando su estado es otro?

    De carnes sí, pero de fisioterapia aún nos queda…

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