Triathlon

  • 12 septiembre, 2011

Este fin de semana he participado en mi primer triathlon.
Una curiosa experiencia que me apetece relatar para animar (o ahuyentar) a mis lectores para emprender esta locura efervescente que está siendo el triathlón.

De buena mañana (otro nombre no podemos darle a las 08:00 AM), los organizadores han tenido la cortesía de dejarnos caer en medio de la dársena del puerto de Valencia, tras una concisa explicación acerca de lo que se avecinaba. Un buen trago nada más lanzarme ha servido para dos cosas: la primera, recordarme esa máxima de que el agua del mar no placa la sed, y segunda, sugerirme que en lo que restaba mantuviese la boca bien cerradita (y no sólo por las moscas).


Segundos antes de empezar a nadar

Hasta ese momento, todo eran miraditas nerviosas, chistes y comentarios amables. Buen rollo, vamos. Pero al son de una bocina, todo ha cambiado. Los elementos que me circundaban han sufrido una transformación, en plan gladiator, y en pocos segundos, dos codazos y alguna que otra patada me han animado a nadar como si me persiguiese un tsunami. Entre las burbujas dentro del agua, las salpicaduras fuera, los trozos de carne humana pasándote por todos los lados, y la acústica característica del medio acuático, la desubicación ha sido la tónica de la primera prueba. Al bordear la bolla que delimitaba el circuito, para que no me encantase, alguien ha tenido la amabilidad de pegarme un sajo con el chip del tobillo en mi rodilla, un estímulo magnífico para desear salir cuanto antes por la rampa que los organizadores habían montado.

Aquí me encuentro, saliendo por la rampa, y drenando fosas nasales

Y llegamos así a la primera transición: corriendo hemos accedido a los boxes, donde nos esperaban las bicicletas. Fuera gorro y gafas, y a calzarse, camiseta, dorsal (con la dichosa gomita para darle la vuelta y que quede en bici atrás y luego corriendo delante), casco y gafas, y a la bicicleta. Tras peladear unos metros, he cazado a un ciclista que mediría 1`90, y el drafting ha hecho el resto. He rodado más de media prueba pegado a su rueda, y le he relevado un par de veces: algo que no ha debido ser muy efectivo, porque pronto se volvía a poner delante (un servidor, que eso del ciclismo no es lo que mejor lleva…). Un par de ciclistas nos ha adelantado a una velocidad de vértigo, pero han debido calcular mal porque al salir de la curva del puente (esa que Alonso y el resto de millonarios con F1s toman a 160 km/h), se han estampado en la valla delimitadora del circuito: poco ha debido pasarles porque al minuto nos han vuelto a adelantar, con algún rasguño, pero a la misma velocidad.

Seguidamente, y tras frenar quizás demasiado cerca de alguien de organización que señalaba dónde debíamos bajarnos de la bicicleta, nos hemos desprendido del vehículo y el casco, y le ha tocado el turno a correr. Con la sensación inicial de anadear en vez de correr, los metros (y las fuerzas que quedaban) se han ido consumiendo y la prueba ha llegado a su fin.

Cuatro rajas de melón, un racimo de uvas y un par de botellas de agua han bordado la prueba en línea de meta.

Terminamos la entrada con un saludo a aquellos con los que he compartido la experiencia; Jorge, Juanmi, Jesús y Ana, Yuste & familia triculpelats, Borja, Jaime y Jorge, Carlos y Luis, Paco, Rebeca, y en general los participantes del II Triathlon Valencia.
El año que viene, más.

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