Marathon

  • 19 febrero, 2011

Como hace tiempo que no dedico ninguna entrada a mis compañeros corredores, he decidido compartir una crónica un tanto particular del Marathon de Sevilla, con el que coincidí por otros menesteres la semana pasada.

sábado noche, cenando en un bar.

Un grupo de unas 10 personas con 4 chavales preguntan al camarero si pueden sentarse fuera (desde luego, no para poder fumar) y si pueden preparar pasta. El camarero entra y avisa que va a montar una mesa grande, y manda a cocina preparar espaguettis “porque van con niños”.
Pero la pasta resulta que no es para los niños, sino para los 5 papás de las criaturas, que devoran su cena cargando carbohidratos para lo que se les avecina.

sábado noche, camino del hotel

Por las calles de Sevilla, engalanad@s sevillan@s dispuestos a pasarlo en grande, comparten aceras con parejas y grupos ataviados con chándal y coloridas zapatillas.

domingo mañana, saliendo del hotel

Un hombre se dispone a salir, pero vuelve a la habitación. De nuevo se dirige a recepción, donde su mujer arregla la salida del hotel, pero antes de llegar a la puerta pregunta a la recepcionista donde está el aseo, y de nuevo se separa de su mujer.
Cuando la mujer ya ha aclarado cómo ir al estadio, el sujeto en cuestión vuelve tocándose los abdominales con cierto desconcierto.
Por huir de la escatología, no justificaré más la situación…

domingo mañana, desayunando en un bar

En una mesa, cinco personas en chándal (valencianos, por cierto) hablan y comparten anécdotas entre risas nerviosas. Una de ellas habla más, y el resto fingen muy bien escuchar, aunque las miradas perdidas y los asentimientos a destiempo, sugieren un ensimismamiento poco atento (con rima y todo, ya veis). Uno de ellos, de hecho, mira descaradamente al cristal de la ventana a dos palmos de la cara del orador, donde ni siquiera debe presentarse su reflejo.
Llega una espigada nueva comensal (con chándal), portando una tostada y un café con leche, y se sienta con el grupo. Mientras remueve su bebida, mira con aspecto dubitativo la sugerente botella de aceite de oliva característica del desayuno sevillano. Se echa un chorrito, menea la cabeza, y repite la acción. Frunce el ceño, vuelca la tostada y la exprime contra el plato. Revisa el resultado, y empieza a engullir.

domingo mañana, camino del hospital La Macarena

Una pareja en pantalón corto y con una especie de bolsa de basura amarilla a modo de chubasquero, cruza el puente sobre el Guadalquivir a trote suave. El hombre narra a la mujer la infinidad de molestias y lesiones de diversa índole que le han atormentado, como siempre, a última hora, y que seguramente van a impedirle lograr su objetivo, con lo mucho que ha entrenado. La mujer le deja mentir mientras programa su reloj gps de pulsera sin dejar de correr.

domingo medio día, comiendo en el aeropuerto

Una familia carga alimentos en el abusivo buffet de la terminal, mientras papá permanece sentado “cuidando la mesa” (en realidad hay unas veinte libres). No deja de frotarse con desdén la pantorrilla.

Tres personas, con cara blanca y extrañas ojeras, beben cantidades ingentes de agua en otra mesa. Una de ellas, una mujer de unos 30 años, se atraganta y tose un par de veces. Pero su tos es de una señora de 70 años, más bien, y ante la inefectividad del gesto, cede en su cometido, carraspea, y vuelve a beber.

Un hombre con las perneras del chándal desigualmente arromangadas dormita en la silla con los cascos del mp3 en las orejas.

domingo tarde, zona de embarque

Dos hombres, con espatarrado paso, animan a Martín Fiz para hacerse una foto. Con el mismo desgarbado paso vuelven felices a su mesa después del evento.
Algunas personas miran a Martín Fiz con extraño. ¿quién será ese, que esos chicos se han hecho una foto con él? Una pareja de sexagenarios a mi lado aventuran que será alguien famoso “de fuera”.
(Nada, señores, si solo es campeón del Mundo de Marathon, no chuta balones ni nada…)

domingo tarde, autobús del avión a la terminal (ya en Valencia)

Un padre intenta subir a caballito a su pequeña rubieta, pero lo deja estar pronto y cambia el juego por otro menos agresivo.

Dos mujeres hablan de pasos de tiempo por kilómetro, y nombran cuatro veces con tono fatalista el kilómetro 34.

domingo tarde, en el pasillo de salida de la terminal

Tres hombres bromean con el hecho de que insistan, en el suelo, con un letrero que reza: no se detenga, continué caminando en esta dirección.
¡como si le apeteciese volver a repetir!, comenta uno de ellos.

Pero seguro que el año que viene, en Sevilla u otra ciudad, intentarán repetir los dos.

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