Nuestro vampiro

  • 11 diciembre, 2009

Se vuelven a llevar los vampiros, qué le vamos a hacer.
Las alocadas adolescentes desean de sus parejas (reales o potenciales) un aspecto enfermizo y pálido, lejos del artificial bronceado que debían lucir hasta hace nada para satisfacer los preceptos estéticos.
Libros, revistas, pósters, webs, películas,
series, de todo para hacer del triste y enamoradizo vampiro algo deseable a la vista y sentimiento.
Y, para satisfacer las líneas en boga de pensamiento (por llamarlo de alguna manera), aprovecho para hablar de nuestro vampiro particular.
Es así como llevo denominando desde hace años al sistema nervioso cuando explico a mis pacientes la portentosa avidez de sangre de la compleja masa neural.

Darle otro título a este órgano sería menospreciarlo: representando tan sólo el 2,5% del peso corporal, el consumo energético que reclama, y por la cuenta que nos trae, obtiene, es del 20%.
Cuando no nutrimos de sangre a nuestro vampiro particular, las manifestaciones de su incomodidad no pasan desapercibidas. Desde el adormecimiento de la pierna por presionar el ciático tras permanecer demasiado tiempo sentado, al entumecimiento del brazo al comprimir las extensiones nerviosas del plexo braquial durmiendo en determinadas posiciones.
Es la más sutil de las maneras de hacernos ver que no le gusta que le toquen las narices.
Pero el vampiro puede llegar mucho más lejos a la hora de castigar por la privación del oxigenado líquido vital. Los accidentes cerebro-vasculares, en relación con dicha carencia de sangre, dejan como fiera sanción la parálisis de grandes extensiones del cuerpo. Una hemiplejia es el precio a pagar tras una corta privación de sangre a una determinada área del cerebro. Un precio muy elevado.
Para terminar de describir la vileza de nuestro vampiro, hablemos de su rencor: al hacerle pasar hambre, no olvida, y sus malogrados esfuerzos por recuperarse le dejan extenuado y confundido. La función se deteriora

indefinidamente en el tiempo, la insatisfacción de nuestro vampiro deja una huella perenne.
Nuestro vampiro es mucho más malvado que los que últimamente enamoran adolescentes.

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