Percibir necesidades

  • 12 noviembre, 2009

El cerebro, que es muy listo, construye las percepciones en base a las necesidades. O más bien construye las percepciones para obtener lo que pretende conseguir con ellas.
Imaginemos que lo que quiere el cerebro es que bebamos agua; puede que haya detectado una hipovolemia, o quizás ha aparecido el sugerente pensamiento de una fría, espumosa y fantástica cervecita en la playa. Lo que hará el cerebro será construirnos la percepción de sed. Con ello, tomaremos la decisión de beber, muy posiblemente beberemos, y el cerebro habrá obtenido la respuesta deseada.
Si lo que necesitamos es estar informados de cuándo se despierta el bebé durante la noche, nuestro sistema nervioso central recibirá el ruido de los ronquidos de la vecina de arriba, los estornudos del alérgico a todo de abajo, las broncas de los vecinos de la derecha, y el compresor de la nevera de los de la izquierda. Pero no por ello nos despertará, con lo bien que estamos durmiendo y dejando al sistema parasimpático e inmune que reorganicen los desórdenes acontecidos durante el día. Ahora bien, ante el llanto del bebé, nuestro cerebro sí decidirá construir una percepción auditiva lo suficientemente consistente como para presentársela a la consciencia y animarnos a levantar de la cama.
Imaginemos que ahora lo que quiere el cerebro es que te estés quietecito porque el sistema inmune ha detectado una pandilla de virus y decide contraatacar. La percepción construida será la de sentirnos mal, cansados, con dolores difusos. Y con ello conseguirá, (no así en los trabajadores autónomos, qué se le va a hacer), que nos quedemos en la cama para dejar al cuerpo hacer lo que tenga que hacer.
Recordamos que el dolor es también una percepción, es parte de la construcción del cerebro en respuesta al peligro, a la amenaza. Y el objetivo de esta construcción es alertarnos de forma consciente de su valoración de esta amenaza, para tomar la decisión oportuna: sacar la mano de las fauces del león, no beber la leche a tan alta temperatura, dejar de clavarnos palillos en las uñas, no tocar el cable azul cuando instalamos las luces del Belén, no comprar esos calzoncillos tan ajustados, retirar el pie de debajo de la pata del elefante,…
El cerebro tiene en cuenta mucha información para construir estas percepciones: recuerdos, conocimientos, emociones, sonidos, pensamientos, olores, nocicepción,… La determinación de la relevancia de la situación se basa en la valoración que el cerebro hace de toda esta información.
En lo que respecta al dolor, vemos así claro por qué no es sólo el estímulo proveniente de los tejidos el desencadenante de dicha experiencia dolorosa.
Comparémoslo con las visiones (¿ilusiones?) que padecen muchos invidentes: aparecen en ausencia de estímulo visual, de igual forma que el dolor puede hacerlo en ausencia de nocicepción.
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