Para nuestra verdadera selección de oro

  • 26 septiembre, 2009

Vamos a imaginar que estamos en un partido de baloncesto (un aplauso a esa tremenda selección que tenemos). El cerebro, como entrenador, va cambiando a los jugadores en respuesta a las necesidades del juego. El equipo contrario (la amenaza) nos está machacando porque no defendemos bien, y el entrenador saca a Ricky Rubio (el dolor). La cosa se empieza a arreglar, porque además todos están más excitados y atentos, y al final ganamos.

Conforme avanza la liga, resulta que nuestro cerebro ha recurrido tanto a Ricky, que este jugador ya no sale porque un entrenador aplicado decida así responder al juego (respuesta justificada de dolor a la amenaza), sino que sale ya por defecto, sale incluso antes del calentamiento, todo por decisión del entrenador, porque se ha acostumbrado a ello. Y, sin más, recurre a él hasta cuando juegan un partido benéfico contra una selección de árbitros. Y ahí Ricky no deja de agobiar, incluso cuando un orondo y torpe árbitro intenta probar una entrada sin mucho convencimiento. Ricky lo defiende como si se tratara de Dwight Howard (respuesta injustificada, desproporcionada a la amenaza), y el pobre árbitro no puede lucirse delante de sus ilusionados hijos que animan desde la grada.
Y el tiempo pasa, y Ricky sigue respondiendo a todas las amenazas, pequeñas o grandes (y si no que se expliquen a Jakisevicius en la pasada olimpiada, o a Parker y Teodosic en el último europeo). Todo bajo supervisión de un entrenador, que incluso empieza a animar al resto de jugadores a responder de ese modo.

El cerebro, digo… el entrenador anima a Felipe Reyes a seguir dando codazos, aún cuando tiene el balón en esos rebotes que siempre coge, y la amenaza, digo… el otro jugador ya está a 4 metros.
Pero el tema empieza a ser un problema, porque Gasol ya defiende hasta al conserje cuando quiere recoger los balones, a la señora de la limpieza y a su vecino. Y Mumbrú llega a gritarles a unos niños en un centro comercial cuando los ve jugar con un globo.
Pero el entrenador, que ya ni siquiera sabe si lo hace porque hay amenaza o por costumbre, sigue consintiendo este comportamiento.
Esto no puede seguir así, hay que tomar medidas, una selección así nos lleva a la ruina. Y todo el mundo piensa que es cosa de los jugadores, cuando estos realmente solo hacen lo que se les manda (el dolor es una respuesta, no lo olvidemos).

Un señor con más entusiasmo que conocimiento decide sedar a Garbajosa (una pomadita en la rodilla), y tras fracasar decide droga al entrenador (anitiinflamatorios no esteroideos, miorrelajantes, opiaceos). Con ello el comportamiento de los jugadores sigue siendo caótico, ¡Llull incluso intenta en un partido hacer un mate en los últimos segundos delante de 2 turcos gigantes!
Otro personaje, éste con bisturí, le roba al entrenador la tablita esa en que anotan las jugadas (comparemoslo con una cirugía reparadora de algo que se supone debería tener algo que ver con lo que se supone que causa ese dolor crónico). Tras una semana de desconcierto, el entrenador vuelve con más mala leche que nunca y decide que Claver va a salir a defender con guantes de boxeo.
Y entonces llaman a un musculoso y serio individuo que hace que se muevan más los jugadores y que sus músculos estén más flexibles (abordaje periferalista: si duele la muñeca, habrá algo en la muñeca). Navarro sigue defendiendo fuerte, pero ya no insulta a nadie. Aunque tampoco es que haya cambiado demasiado la cosa en global.
En última instancia, a algún espabilado se le ocurre que quizás haya que dejar a los jugadores en paz, y empezar a ver que pasa con ese equipo técnico. Parece ser que al entrenador hay que enseñarle algunas cosillas para moderar su comportamiento. Tras unas semanas convenciendo al entrenador de que algo tendrá que ver él con todo esto, y asimilando la idea de que va a ser suya la responsabilidad de que sus jugadores dejen de hacer esas cosas, decide pasar a la práctica.
Se trae al equipo de alevines en el que juega su sobrino, y le reta a echar un partidete. La idea es intentar no exaltarse y obligar a sus jugadores a comportarse como energúmenos. Los primeros diez minutos van bien, pero entonces el cerebro, digo… el entrenador cree ver a uno de los chavalines con posibilidades de encestar un tiro libre, y empieza a gritar a Cabezas que le haga un placaje para que no enceste.
Los inicios son difíciles, pero a los 2 meses ya han conseguido jugar 45 minutos sin lesionar a ningún crio, y a los 4 ya empiezan a jugar con un equipo de cadetes.
6 meses después el entrenador parece convencido de que ya no es necesaria esa actitud, y que no debe responder así ante mínimas amenazas, deja de encontrar peligro donde no lo hay, y va instando a sus jugadores a relajarse.
Y así, pese a que sigan acumulando alguna que otra falta de más con los pívots en algún encuentro, parece ser que las cosas van mejor.
12 meses después la mejoría es tal, que incluso ante verdaderas amenazas (en una final olímpica contra un combinado estadounidense con NBA en las venas), el equipo mantiene el tipo, el entrenador no pierde el control, e incluso a Rudy le da por intentar cosas como estas:

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