Llamada terapéutica

  • 10 noviembre, 2008

Es frecuente entre los profesionales de la salud escuchar a los pacientes comentar como sus molestias han disminuido, de forma a veces espectacular, desde el momento en que nos llamaron para coger cita. “Ya no sabía ni si hacía falta que viniese, porque ya me encuentro mucho mejor”.

¿La razón? ¿somos tan estupendísimos que curamos de forma entre telepática y mágica? Pues va a ser que no, ¿verdad?

El dolor es una respuesta a la amenaza, al procesamiento por parte del cerebro de las señales que nos indican que algo no va bien, que peligra la integridad de determinadas funciones o estructuras, o al menos la percepción de que esto es así. Este magnífico (aunque a veces desagradable) sistema de alarma tiene como principal función la supervivencia, y si es posible, la supervicencia con confort, y su aparición pretende desencadenar respuestas de utilidad. Algunas de ellas serían huir, luchar, y, porqué no, pedir ayuda.
Ahí entra en la ecuación la llamadita al auxilio del sanitario: en el momento que el cerebro de la persona integra la acción del reconocimiento consciente de necesidad de ayuda y la consecuente respuesta, el nivel de temor, de amenaza, de peligro, desciende considerablemente, y con ello la percepción de dolor.

Resumiento, me duele, me asusta, temo, incertidumbre, ¿qué será?, ¿qué hago?, llamo al profesional pertinente, él sabrá que me pasa y me lo dirá, me relajo, él establecerá un tratamiento que me ayudará, menos temor, mi cerebro ha conseguido que haga algo en relación con el dolor con que me ha alarmado, mi cerebro deja de emitir tanto dolor, y me duele menos!.
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