Más que palabras

  • 13 febrero, 2008

Una de las ideas principales del temario Explain Pain de David Butler y su equipo, el noigruop, estudia la influencia de las connotaciones negativas inferidas a las palabras en el grado de percepción de dolor del paciente. Para justificar su lema “Words do hurt” (las palabras hacen daño), Butler comenta como, de una pelea del colegio en que algún exaltado le espetó “fat pig”, su principal recuerdo no es el dolor físico que le causaron los golpes, sino el sufrimiento derivado de ese insulto que grabó un perdurable recuerdo.

La terminología médica, de significado frecuentemente ignorado por el paciente, de fonética muchas veces malsonante (protrusión, atrapamiento subacromial, traqueostomía), y contextualizada en situaciones poco agradables (a nadie le divierte ver una bata blanca), suele generar un efecto de desazón psicoemocional que se suma al malestar físico del paciente.
La forma de utilizar esta terminología, la capacidad de argumentar de forma coherente, realista y sin sensacionalismo, de transmitir la totalidad del mensaje oportuno sin exageraciones ni comparaciones desafortunadas, es un arte que los profesionales sanitarios debemos cultivar constantemente.
Una amena historieta para ilustrar la idea…

Ernesto acude al centro de salud con la resonancia magnética de su espalda y le relata al doctor la evolución de un dolor lumbar que lleva aquejando desde hace unos meses en relación con algunos gestos durante el trabajo (Ernesto es carpintero). Tras leer el informe de radiología y observar unos segundos la resonancia en el negatoscopio (sí, el cacharro ese con luz blanca que usamos para ver las placas), el médico se pone muy serio y, sin más, le endosa: -¿sabía usted que tiene una hernia?. Ernesto (lo de hernia le suena de cuando la mili, que les hacían toser mientras les aguantaban los testículos, y si subían mucho no tenían que hacer la mili, cree recordar), serio, replica: -¿y por eso me duele la espalda?. –Por supuesto, Ernesto. Una hernia discal no solo justifica que le duela la zona lumbar, -se anima a decir, muy serio, el médico- podría incluso generarle una ciática y dolerle hasta el pie –la cosa sigue animándose- Es más, si el material herniado evoluciona y oblitera el canal medular podría incluso generar lo que llamamos una estenosis, que, dependiendo del nivel lesional, puede llegar a dejarle a uno en una silla de ruedas. Por cierto, ¿ha llegado a notar usted hormigueo o pinchazos detrás del muslo o en el pie?
Ahora a Ernesto se le han ascendido los testículos pero no precisamente al recordar el servicio militar. –pues pienso que no,… no, solo me molesta por aquí- acierta a contestar Ernesto mientras se palpa la zona lumbar. –Bien, pues por lo que se aprecia aquí –el doctor señala una imagen de la resonancia en la que Ernesto no aprecia más que manchas- el grado de compresión de la raíz nerviosa,… L5, podría cursar con…
Los siguientes 57 segundos Ernesto recuerda que el doctor sigue hablando, respaldando su explicación con palabras como irritación, faja con ballenas (sí, cree que ha dicho algo de las ballenas), neurólogo, cirugía, fijación vertebral, y de paso va manipulando una maqueta de los huesos de la columna en la que una especie de gominola roja se sale y entra, aplastando lo que pretender simular un nervio amarillo.
Ernesto recoge dos papeles, una receta de un antiinflamatorio y el volante para otro médico del hospital, se despide del doctor y, sin salir del más absoluto desconcierto, se mete en el coche y se queda un rato sentado en el asiento antes de arrancar para pensar.
En 4 minutos y medio Ernesto ha pasado de, mientras se dirigía distraído a la consulta, pensar como arreglarle a Eugenia los pernios de los armarios del altillo, a estar desorientado pero convencido fehacientemente de su gran problema lumbar cuya precaria evolución obliga a reconsiderar su situación.
Y, unos segundos después de arrancar el coche, parece notarse un pequeños pinchazos en pie.

En otra ocasión inventaré la historieta de Marta, a quien su fisioterapeuta aseguró que tenía una vértebra descolocada, fuera del sitio, pero que después se la colocó y le arregló el cuello. O de Adela, cuya osteoporosis hacía que los huesos fueran como de cristal, y que con estornudar se le iban a romper 2 costillas y aplastar 4 vértebras.
Al menos da que pensar, ¿no?

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One comment on “Más que palabras

  1. A mí también me pasa cuando el fontanero va a arreglarme la caldera.

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